Pescadoras de México, el oficio invisible que el Estado ignora
BY: claudiacarrillo
¿A quién te imaginas cuando lees la palabra pescador?
Al decir pescadores, lejos de que la palabra termine con o, con e, la imagen que aparece es la de un hombre en una lancha. No importa si se trata de pesca deportiva con una caña o pesca de trabajo con una red: está instalado en nuestra mente que la pesca es un oficio masculino. Y eso, que parece solo un problema del idioma, es en realidad el mapa completo de un olvido.
Cuando hablo de mujeres en la pesca no me refiero únicamente a quienes filetean, ni a quienes compran y venden a pie de playa para los restaurantes. Me refiero a las que entran al agua. Las que trabajan igual que cualquier hombre y a quienes el reconocimiento de la palabra pescadoras con A les pesa, no porque no se lo merezcan, sino porque el sector todavía no sabe cómo dárselo.
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Yorjana es sinaloense y pescadora de tercera generación. Me contó una historia que necesita ser descrita porque entendí que no estaba describiendo una escena: estaba contándome su origen. Su madre, con gorro amplio, cubierta de la boca hasta las manos, con el agua al pecho, abriéndose paso entre el mangle, con un cuchillo desollador en mano, atenta a las tallas del ostión. Y a unos metros, en una panga, Yorjana amarrada en un portabebé, meciéndose al ritmo de las olas.
Años después le tocó repetirlo. Ella entró al agua y cargó a sus hijos en la espalda, aunque más grandes que cuando su madre la amarraba a la embarcación. El linaje no es solo un dato genealógico: es una experiencia que se repite en el cuerpo de cada generación.
Esta escena enmarca una denuncia brutal para todas las pescadoras de México: porque esa aparente calma retrata con precisión el abandono en el que este oficio se ejerce, la paz que viene después de la tormenta y antecede las venideras, sin seguridad social, sin guarderías y sin reconocimiento.

Desde Sinaloa hasta Yucatán hay mujeres pescadoras a quienes el sector pesquero ignora dos veces: primero porque son mujeres en un mundo que se asume masculino, y segundo porque la pesca artesanal, sin importar quién la ejerza, lleva décadas abandonada por el Estado. No es un problema de partidos ni de colores políticos. Es un olvido transexenal, cómodo y sistemático.
Lo que hace especialmente poderoso el testimonio de estas mujeres es que no se definen como víctimas, se presentan como pescadoras de tercera, cuarta, hasta quinta generación. La pesca no es solo un trabajo para ellas: es un linaje, es conocimiento profundo del territorio, lectura del viento, memoria del océano, es identidad. Y esa identidad la portan con un orgullo que contrasta dolorosamente con la poca atención que el mundo les ofrece a cambio.
La Organización de las Naciones Unidas ha reconocido que son las mujeres quienes encabezan las luchas ambientales, de territorio y de protección; no es casualidad, es la consecuencia lógica de siglos en los que la tarea del cuidado fue asignada históricamente a ellas. Esa misma carga, pesada e injusta en su origen, se transformó en conocimiento profundo, en arraigo y en resistencia.
Las pescadoras mexicanas son parte de esa historia global. Una parte que México no ha sabido ver ni proteger. Nombrarlas no es un gesto simbólico con tintes violeta para cumplir una cuota de agenda. Escribir PESCADORAS DE MÉXICO es un acto político y ético.
Mientras Yorjana trabaja con el agua al pecho, me pregunto cuántas historias más dejamos naufragar simplemente porque no tenemos las palabras adecuadas para contarlas.