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A mi llegada a Oceana, lo primero que hice fue leer un libro escrito por el director general de Oceana, Andrew Sharpless, titulado “La proteína perfecta”. En ese libro Andrew parte de una hipótesis muy interesante que es la que guía el trabajo de Oceana alrededor del mundo: restaurar la abundancia de los océanos para poder alimentar el mundo.

En julio de 2014 la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) y Mercado Libre firmaron un convenio de colaboración para el monitoreo de comercio ilegal de vida silvestre por internet. En diciembre del año pasado publicamos en este mismo espacio que esta plataforma de comercio electrónico, que cotiza en Nasdaq-100 bajo las siglas de MELI, ofertaba caballitos de mar vivos.

Mientras la discusión y opinión pública está por los aires (Aeropuerto de Texcoco y Santa Lucía) en el otro extremo, en las profundidades de las costas mexicanas, existe una especie marina que vive sus últimas cabalgatas.

¿Quién no tiene en su cabeza la imagen de un caballito de mar? Esos carismáticos, frágiles y monógamos animales marinos son parte de una maravillosa biodiversidad costera y también de la pesca ilegal de México.

El ser humano lleva miles de años pescando. En islas de Asia-Pacífico se han encontrado anzuelos de hueso con antigüedad de 42 mil años que sugieren que desde entonces se pesca en altamar. Esto quiere decir que llevamos más tiempo siendo pescadores que agricultores, y dado que hemos sustituido la caza por la granja, también tenemos más tiempo siendo pescadores que cazadores.

Los mares están ahí donde siempre. Los vemos desde la playa, un avión o un balcón. Pescamos, nadamos y buceamos entre olas y arrecifes.

Por las tardes disfrutamos de un sol que se hunde en el horizonte marino y admiramos su nacimiento por la mañana.

Degustamos un filete de pescado en hoja santa, un coctel de camarón con perfume de romero o un pulpo a las brasas. Y hasta dieta de pescado inventamos para bajar de peso.

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